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¿Qué pasó en el alud de Panticosa y quiénes murieron?

La avalancha que se descolgó este 29 de diciembre en el Pico Tablato, encima del Balneario de Panticosa (Huesca), dejó tres fallecidos y una herida leve en un grupo de seis esquiadores de travesía que se movía en alta montaña, fuera de cualquier pista balizada.

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Alud en Panticosa: 3 muertos y una herida leve al romperse una placa de nieve en Tablato; quiénes eran las víctimas y qué falló en esa ladera

La avalancha que se descolgó este 29 de diciembre en el Pico Tablato, encima del Balneario de Panticosa (Huesca), dejó tres fallecidos y una herida leve en un grupo de seis esquiadores de travesía que se movía en alta montaña, fuera de cualquier pista balizada. El aviso entró en torno a la una de la tarde; dos personas consiguieron salir por sus medios, cuatro quedaron sepultadas. Los equipos de rescate recuperaron con vida a una mujer, con hipotermia, que fue trasladada al Hospital San Jorge de Huesca. Las otras tres personas no sobrevivieron.

Las víctimas mortales son Jorge García-Dihinx, pediatra y divulgador muy conocido en el Pirineo; Natalia Román, deportista aragonesa vinculada a pruebas de montaña; y Eneko Arrastua, de 48 años, vecino de Irún. Los tres tenían experiencia, conocían el terreno y, como tantos en estas fechas, habían elegido una ruta clásica del valle de Tena. La jornada presentaba nivel de peligro notable (3/5), con placas de viento sensibles a sobrecargas débiles en cotas altas. En esas condiciones, una pendiente aparentemente estable puede fracturarse en segundos.

Dónde y cuándo ocurrió

El escenario es el anfiteatro blanco que forman los ibones de Brazato y las palas que suben hacia el Tablato, un balcón de roca y nieve encima del Balneario de Panticosa. Altitud de referencia: 2.600–2.700 metros. Hora: mediodía, esa franja en la que el sol pega oblicuo, las umbrías siguen frías y el viento, si sopla, recoloca la nieve a su antojo. No hablamos de pistas ni de dominio esquiable; hablamos de alta montaña, terreno abierto, sin balizas ni máquinas, con la lectura del manto como primera herramienta de seguridad.

Desde el 112 se activó el helicóptero de la Guardia Civil, personal del GREIM, sanitarios y un médico. La aeronave localizó el depósito del alud, ese abanico de bloques y nieve compactada que brilla con textura distinta, y se inició la carrera contra el reloj. En avalanchas de placa, los primeros 15–18 minutos son oro: si no hay DVA/ARVA, sonda y pala y no se inicia el rescate inmediato por compañeros, la supervivencia se complica mucho. Aquí, dos integrantes del grupo lograron dar el aviso, señalar zonas de arrastre y apoyar a los rescatadores. A esa cota, cada minuto pesa el doble: frío, altitud, pendiente.

El lugar, además, es conocido por generaciones de montañeros: bosque de acceso, tubería del embalse, la pala que rompe a la derecha, los rellanos donde se respira, el paso hacia las Forátulas o hacia Piniecho si se gira. En invierno, esa geometría se convierte en un tablero: las convexidades cargadas, las umbrías donde el viento ha ido dejando lo que robó en barlovento, cornisas que penden como viseras. El día del alud, el tablero no perdonó.

Qué pasó en la ladera

La secuencia probable, con los datos disponibles, encaja con un alud de placa que se rompe al paso del grupo o de parte de él. La nieve caída en episodios anteriores, trabajada por el viento del norte, había formado capas endurecidas en sotavento; bajo ellas podían persistir capas débiles —granos angulosos, pequeñas facetas, costras finas de rehielo—. Sobre esa estructura, una sobrecarga mínima (el peso de una persona, un giro, un arranque a la vez en una zona convexa) puede ser suficiente para fracturar la placa. Cuando sucede, la superficie que parecía firme se desliza como un tablero que corre ladera abajo. Es brusco. No da tiempo a rectificar.

Cuatro personas fueron arrastradas por la avalancha y quedaron enterradas. El depósito, compacto, obliga a trabajar con sonda y pala en un patrón ordenado, apoyado por la señal del DVA si lo llevan los implicados. En estos aludes, la presencia de una bolsa de aire cerca de la cara marca la diferencia; su ausencia, por desgracia, también. La orografía del Tablato —pala amplia, canalizaciones secundarias— favorece que el flujo gane densidad en la parte baja. El material que queda en superficie —esquís, bastones— es, a veces, la única pista visible.

La montaña, conviene repetirlo, estaba ese día en modo invernal puro: nieve seca en altura, placas de viento en varios sectores y fragilidad en la estructura del manto. La lectura sobre el terreno no siempre revela a simple vista qué tramo “canta” y cuál calla. Hay jornadas en las que ni el ojo entrenado detecta el cambio de textura, el brillo más mate, la huella que marca distinto. Este accidente cae en esa categoría incómoda: lo que parecía estable se quebró como cristal helado.

Quiénes son las víctimas

Detrás de los partes hay biografías. Jorge García-Dihinx era un pediatra asentado en Huesca, con consulta en el Hospital San Jorge y una larga trayectoria como divulgador de meteorología y montaña del Pirineo aragonés. Sus textos, mapas y boletines se convirtieron en herramienta cotidiana para miles de aficionados al esquí de travesía. Tenía una manera particular de contar la nieve: pegada al terreno, didáctica y, a veces, casi literaria. En refugios, aparcamientos y collados, su nombre sonaba a costumbre: “¿Has visto lo que dice Jorge para mañana?”. La noticia de su muerte ha sacudido a la comunidad de montaña como un golpe seco.

Natalia Román compartía con él ese vínculo físico con el Pirineo. De perfil deportista, con bagaje en pruebas de larga distancia y vida de montaña real, no de escaparate. Quien la conocía habla de una mezcla de técnica y resistencia, esa actitud de quien sube constante y baja con cabeza. Elige bien las palabras, el pie y la línea. Deja, además de amigos, un rastro de jornadas y cimas que ahora se leen con otro peso.

Eneko Arrastua, 48 años, irundarra, era parte de esa marea tranquila de montañeros vascos que cruzan el túnel del Somport o el de Monrepós para encontrarse con el valle de Tena cada invierno. Menos ruido, más montaña. De esos que madrugan, cogen carretera, tiran de pieles, comparten café y regresan a tiempo para la vida de todos los días. Su nombre se suma, por desgracia, a un listado que el Pirineo no querría escribir nunca.

Tres perfiles distintos conectados por lo mismo: la nieve como lugar de trabajo, entrenamiento y disfrute. Tres nombres propios en un valle que hoy suena a silencio.

Riesgo, causas y la pregunta incómoda sobre las negligencias

El parte de ese día marcaba peligro notable. Traducido: posibilidad de aludes de placa con el paso de una sola persona en determinadas orientaciones y cotas; cor-nisas en crestas; nieve reciente retransportada por el viento. No requiere tormentas espectaculares; basta con una dinámica de norte que lima unas laderas y engorda otras. ¿Significa esto que la salida era temeraria? No hay datos que lo sostengan. Lo que hay es un riesgo objetivo elevado, conocido por cualquiera que salga en invierno, y una decisión que, un metro a la izquierda o quince minutos antes, quizá habría quedado en anécdota. O no. Así de cruel es a veces la estadística de aludes.

La línea siempre delicada entre prudencia y oportunidad la marca el propio manto. Se recomienda espaciado en tramos comprometidos, itinerarios conservadores con nivel 3, evitar convexidades y “islas seguras” mal entendidas, medir mucho dónde se reagrupa el grupo. Llevar DVA/ARVA, sonda y pala no evita el alud; da una opción. La formación ayuda, los ejercicios de búsqueda ayudan, leer con calma la nieve ayuda. Aun así, hay días en que todo eso se queda corto. Este parece uno de ellos.

La investigación abierta —de rutina en accidentes mortales de montaña— reconstruirá trazas, puntos de rotura, tiempos de respuesta y dinámicas del rescate. Las conclusiones servirán para cerrar el expediente y, con suerte, para aprender detalles finos de la jornada: si la placa estaba apoyada sobre facetas persistentes, si la orientación concreta era más sensible, si había costras intermedias que actuaron como plano de deslizamiento. Nada de ello, de momento, permite hablar de negligencia. Sería injusto y prematuro.

Antecedentes en el mismo entorno

Panticosa convive con los aludes desde hace más de un siglo. Hay fotografías antiguas del Balneario con corredores marcados por avalanchas históricas; hay relatos de inviernos en los que la nieve bajó con fuerza por laderas que hoy recorren esquiadores de travesía y montañeros invernales. No es un “punto negro”, es montaña alta accesible, con mucha afluencia y un relieve que, en determinados patrones meteorológicos, acumula y descarga. La modernización de accesos, refugios y comunicaciones no anula esa realidad; la gestiona.

Cada temporada, los equipos del GREIM y los servicios de emergencia suman rescates en la zona de Panticosa: extravíos en niebla, torceduras en el descenso a Brazato, caídas en terreno mixto cerca de las Neveras o Forátulas, sustos con purgas de nieve suelta y, de vez en cuando, avalanchas serias. La estadística no convierte el valle en un lugar prohibido; recuerda que, con nivel 3, la prudencia debe acompañar incluso a quien conoce la ruta de memoria. Terreno conocido no es terreno seguro por decreto.

Hay también memoria reciente de episodios en valles próximos, tanto en la Tierra de Biescas como en el entorno de Respomuso, con patrones nivológicos parecidos: secuencias de viento que tallan placas duras, heladas que mantienen vivas capas frágiles en umbrías, pequeñas nevadas que “maquillan” sin soldar. Ese contexto ayuda a entender que lo sucedido en Tablato encaja en una dinámica pirenaica clásica de pleno invierno.

Lo que queda fijado tras la tragedia

A esta hora, lo seguro es lo siguiente. El qué: un alud de placa en el Pico Tablato que arrastró a cuatro personas y causó tres fallecidos y una herida leve. El dónde: laderas altas por encima del Balneario de Panticosa, en el valle de Tena, con cotas alrededor de 2.700 metros. El cuándo: alrededor de las 13.00, con activación del helicóptero y despliegue del GREIM inmediatamente después. El quién: Jorge García-Dihinx, Natalia Román y Eneko Arrastua. El cómo más probable: fractura de una placa de viento por sobrecarga humana en día de peligro notable.

Quedan por precisar detalles finos —traza exacta, punto de inicio, profundidad del depósito, tiempos de localización— que cerrarán el parte técnico. Nada de eso cambiará la fotografía esencial ni el peso del día. Sí ayudará, probablemente, a quienes miran el Pirineo con lupa a ajustar decisiones cuando vuelva a sonar el crujido de la nieve dura bajo los esquís. El valle de Tena seguirá siendo lo que es: un lugar hermoso y exigente, que de vez en cuando recuerda que la montaña, en invierno, manda.

En Panticosa, cuando hiela limpio, el aire huele a pino y a metal. Hoy huele, también, a respeto. A la gente de la nieve le queda lo de siempre: leer el boletín, elegir itinerarios con cabeza, aceptar la renuncia cuando el tablero pinta torcido y cuidar a los suyos. No es épica; es cultura. Y es la única que funciona cuando un nombre propio se cruza con una ladera blanca.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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