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Tecnología

¿Por qué Taiwán busca una gran alianza de semiconductores con la UE?

Taiwán busca una alianza de semiconductores con la UE que una su potencia industrial con la tecnología europea y reduzca dependencias estratégicas.

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ingeniero montando un microchip

Taiwán quiere estrechar su relación tecnológica con la Unión Europea y ha puesto sobre la mesa una propuesta de peso: construir una alianza estratégica en semiconductores que combine la formidable capacidad industrial de la isla con la investigación, los equipos, los materiales y la fabricación especializada europea. No es únicamente comercio. Tampoco una cortesía diplomática entre dos economías que se caen bien. Detrás están la inteligencia artificial, las fábricas europeas, la seguridad de las cadenas de suministro y, inevitablemente, China.

El presidente taiwanés, Lai Ching-te, planteó la cooperación durante el Foro de Inversión de la UE 2026 celebrado en Taipéi el 1 de septiembre. Su idea es sencilla sobre el papel: Taiwán aporta uno de los ecosistemas de fabricación de chips más sofisticados del planeta; Europa dispone de compañías punteras en maquinaria, materiales, automoción, electrónica industrial, investigación y procesos de alto valor añadido. Juntar las piezas permitiría levantar una cadena menos vulnerable a crisis, bloqueos comerciales o tensiones geopolíticas. El difícil detalle, como suele ocurrir, consiste en convertir la declaración política en fábricas, contratos e inversiones reales.

Taiwán ofrece a Europa algo difícil de sustituir

Hablar de Taiwán y semiconductores casi obliga a mencionar a TSMC, aunque el ecosistema taiwanés es bastante más amplio. La compañía es la gran referencia mundial de la fabricación de chips por encargo y ocupa una posición especialmente fuerte en los procesos tecnológicos avanzados utilizados en inteligencia artificial y computación de alto rendimiento.

Europa conserva fortalezas importantes en otras partes de la cadena. La neerlandesa ASML es esencial en los equipos de litografía utilizados para producir chips avanzados; empresas como Infineon, STMicroelectronics, Bosch o NXP tienen posiciones relevantes en componentes para automoción, industria y electrónica, mientras que centros europeos de investigación mantienen capacidades difíciles de replicar.

El problema aparece al mirar el conjunto. La Unión Europea sigue dependiendo del exterior en segmentos críticos, particularmente en la fabricación avanzada y determinadas áreas del diseño. El Chips Act 2.0, presentado por la Comisión Europea a comienzos de junio, pretende desarrollar capacidades de vanguardia, estimular inversiones y reducir dependencias estratégicas.

Ahí entra Taiwán. Lai defiende que unir la fabricación taiwanesa con la tecnología y la industria europea permitiría crear un ecosistema mundial de semiconductores más seguro, diverso y resiliente. Traducido del idioma de las cumbres económicas: que una crisis en un punto concreto del mapa no deje media industria mundial mirando una fábrica parada.

Una alianza que ya tiene hormigón en Alemania

La cooperación tampoco comienza desde cero. Su ejemplo más visible está en Dresde, en el este de Alemania, donde European Semiconductor Manufacturing Company, o ESMC, desarrolla una gran fábrica participada por TSMC, Bosch, Infineon y NXP.

TSMC controla el 70 % de la sociedad, mientras las otras tres compañías poseen un 10 % cada una. La inversión prevista supera los 10.000 millones de euros y la planta está diseñada para alcanzar una capacidad aproximada de 40.000 obleas de 300 milímetros al mes. El objetivo inicial es comenzar la producción hacia finales de 2027.

No se trata, eso sí, de trasladar a Alemania la tecnología absolutamente más avanzada que TSMC utiliza en Taiwán. La instalación europea estará orientada especialmente a procesos de 28/22 y 16/12 nanómetros, relevantes para sectores como la automoción y la industria.

Puede parecer menos espectacular que los procesadores que alimentan los grandes modelos de inteligencia artificial, pero basta recordar la crisis de chips sufrida después de la pandemia para comprender su importancia. Un automóvil moderno necesita decenas —en algunos casos centenares— de semiconductores. Cuando faltan, una cadena de montaje multimillonaria puede detenerse por una pieza diminuta. Europa aprendió aquella lección de la forma habitual: después de pagarla.

El Chips Act 2.0 cambia el momento político

La propuesta taiwanesa llega precisamente cuando Bruselas está revisando su política industrial. El Chips Act 2.0 pretende reforzar la fabricación europea tanto de semiconductores convencionales como avanzados, desarrollar diseño y tecnologías de nueva generación y disminuir la exposición de sectores críticos a proveedores externos.

La primera Ley Europea de Chips contribuyó a movilizar más de 52.000 millones de euros de inversión pública y privada y a generar decenas de miles de empleos directos e indirectos. Pero Bruselas considera insuficiente lo conseguido ante la velocidad a la que cambia el mercado tecnológico mundial.

Hay una razón incómoda. Europa puede hablar de autonomía tecnológica, pero no puede fabricar soberanía digital por decreto. Un chip avanzado exige instalaciones que cuestan miles de millones, maquinaria extraordinariamente compleja, personal especializado, propiedad intelectual acumulada durante décadas y una red de proveedores que no aparece porque un comisario europeo firme un reglamento un martes por la mañana.

Taiwán dispone precisamente de esa densidad industrial y tecnológica. Para Taipéi, entretanto, acercar parte de su ecosistema productivo a Europa amplía mercados y diversifica riesgos. La relación es complementaria, aunque no completamente simétrica: Europa necesita capacidad manufacturera taiwanesa y Taiwán necesita socios, capital y mercados capaces de reducir su exposición geopolítica.

El comercio entre Taiwán y la UE ya ronda los 75.000 millones

Las cifras explican por qué la propuesta llega sobre terreno bastante abonado. El comercio entre Taiwán y la Unión Europea se acercó a los 75.000 millones de dólares en 2025, mientras la inversión de empresas taiwanesas en países comunitarios ha crecido alrededor de un 650 % durante la última década respecto al decenio anterior.

Ese cambio tiene bastante más significado de lo que parece. Durante años, buena parte de la expansión internacional de las empresas taiwanesas estuvo vinculada a China continental y al resto de Asia. Las tensiones comerciales, la pandemia, el deterioro de las relaciones entre Washington y Pekín y la necesidad de diversificar las cadenas industriales han acelerado otro movimiento: fabricar y desarrollar tecnología más cerca de los principales mercados finales.

Europa encaja bien en ese mapa. Lai también ha pedido avances en acuerdos de inversión y mecanismos contra la doble imposición, obstáculos menos vistosos que una fábrica de semiconductores pero decisivos cuando una empresa tiene que decidir dónde colocar varios miles de millones.

Taiwán observa, además, oportunidades más allá de los chips. La asociación empresarial taiwanesa TEEMA ha anunciado planes para establecer un parque tecnológico en Polonia, mientras Foxconn ha firmado acuerdos con las francesas Bull y Schneider Electric relacionados con infraestructuras de inteligencia artificial y centros de datos.

Los semiconductores son la cabeza del puente. Detrás vienen servidores, energía, centros de datos, sistemas industriales y toda la economía física que necesita la inteligencia artificial para dejar de ser una nube vaporosa de presentaciones corporativas.

China convierte los chips en una cuestión geopolítica

Sería ingenuo interpretar esta cooperación únicamente en términos empresariales. Taiwán está situado en el centro de una de las grandes disputas estratégicas del siglo XXI. China considera la isla parte de su territorio y mantiene como objetivo la reunificación, sin renunciar al empleo de la fuerza. Taiwán funciona como una democracia autónoma, con Gobierno, fuerzas armadas, moneda e instituciones propias.

La Unión Europea mantiene su política de una sola China, no reconoce diplomáticamente a Taiwán como Estado independiente y, al mismo tiempo, conserva importantes relaciones económicas y comerciales con Taipéi. Es una geometría diplomática delicada. Y los chips la hacen todavía más delicada.

Una perturbación grave en el estrecho de Taiwán tendría consecuencias que viajarían inmediatamente desde Asia hasta las fábricas europeas y estadounidenses. Vehículos, maquinaria industrial, telecomunicaciones, centros de datos, sistemas militares y productos electrónicos dependen directa o indirectamente de semiconductores vinculados a la isla.

De ahí que palabras aparentemente burocráticas como “resiliencia de las cadenas de suministro” hayan terminado formando parte del vocabulario geopolítico. Estados Unidos, China y Europa quieren garantizar el acceso a los componentes que sostienen la nueva economía digital.

Washington lleva años impulsando producción doméstica y atrayendo inversiones taiwanesas. China dedica enormes recursos a desarrollar una industria menos dependiente de tecnología extranjera. Europa intenta encontrar una tercera posición: mantener una economía abierta mientras reduce vulnerabilidades estratégicas. No es precisamente un equilibrio cómodo.

El dilema europeo: colaborar sin cambiar su política sobre Taiwán

Una alianza de semiconductores más profunda tampoco implicaría necesariamente un giro diplomático de Bruselas respecto a Pekín. La UE lleva años ampliando su cooperación económica con Taiwán dentro de su política de una sola China.

La diferencia está en el peso que ha adquirido la tecnología. Europa ya no contempla los semiconductores únicamente como mercancías. Son infraestructura económica y, cada vez más, infraestructura de seguridad. La expansión de la inteligencia artificial multiplica esa importancia porque entrenar y operar sistemas avanzados requiere enormes cantidades de capacidad informática.

La estrategia europea conecta los chips con un objetivo bastante más amplio que incluye inteligencia artificial, nube, centros de datos y tecnologías digitales críticas. Una fábrica de semiconductores, por tanto, ha dejado de ser solo una fábrica. Puede definir qué automóvil se fabrica, qué centro de datos funciona, qué empresa desarrolla IA y hasta qué sistemas militares puede desplegar un país.

Taiwán busca socios estables mientras Europa busca autonomía

La propuesta de Lai tiene otra lectura: Taiwán está intentando consolidarse como socio tecnológico fiable de las democracias industriales en un momento de creciente fragmentación del comercio mundial.

Su dominio de los semiconductores proporciona a la isla una formidable capacidad económica y diplomática, pero también concentra el riesgo. Cuantas más empresas taiwanesas inviertan en Europa, Estados Unidos y otros mercados aliados, mayor será la integración de Taiwán dentro de sus estructuras industriales.

Europa, entretanto, necesita evitar que la reducción de una dependencia termine creando otra. Sustituir una vulnerabilidad china por una dependencia absoluta de Taiwán tampoco sería autonomía estratégica. Por eso Bruselas intenta atraer fábricas extranjeras mientras desarrolla capacidades propias de investigación, diseño y producción.

Ahí está probablemente el verdadero sentido de la alianza propuesta. No sustituir Europa por Taiwán ni Taiwán por Europa, sino encajar capacidades complementarias que difícilmente pueden reconstruirse de forma aislada.

Una pequeña pieza de silicio en el tablero mundial

La propuesta taiwanesa llega en un momento especialmente favorable para que Bruselas la escuche: Europa quiere más fábricas, necesita asegurar los suministros para la inteligencia artificial y ha emprendido una nueva ofensiva para reforzar su industria de semiconductores.

Taiwán dispone de tecnología, experiencia industrial y una red de proveedores que Europa tardaría muchos años en reproducir por completo. Europa posee mercado, investigación, maquinaria especializada, fabricantes industriales y capital. Sobre el papel, las piezas encajan.

Queda por comprobar hasta dónde quieren llevarlas ambas partes. Porque detrás de los 75.000 millones de dólares de comercio, de la fábrica de Dresde y de las declaraciones sobre cadenas resilientes aparece un asunto bastante más grande: quién controlará la infraestructura tecnológica de las próximas décadas.

El semiconductor mide apenas unos milímetros. El tablero sobre el que se juega, en cambio, ocupa medio mundo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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