Salud
¿Más agua para expulsar una piedra? Borja Quiroga avisa

Borja Quiroga desmonta el mito de beber más agua para expulsar una piedra renal y aclara qué hacer cuando el cólico ya ha empezado de golpe.
La frase ha corrido deprisa porque toca un reflejo muy viejo: si una piedra renal duele, habrá que beber más agua para empujarla fuera. Parece lógico, casi intuitivo. Borja Quiroga, nefrólogo del Hospital Universitario de La Princesa de Madrid, ha salido precisamente a pinchar esa idea con una advertencia que ha ganado recorrido en las últimas horas: no se debe aumentar la ingesta de agua para eliminar una piedra cuando el cálculo ya está causando obstrucción. No es una ocurrencia ni una boutade de consulta televisiva. Es un matiz clínico serio. La hidratación sirve para prevenir, pero forzar líquidos en pleno cólico renal no acelera la expulsión y puede empeorar el dolor.
Ese es el corazón de la noticia y también el punto que más se malinterpreta. Quiroga no está diciendo que el agua sea mala para el riñón, ni mucho menos que haya que beber poco. Lo que está desmontando es el mito del atracón de agua como remedio agudo. Cuando el cálculo ya ha salido del riñón y se ha quedado encajado en el uréter, la vía que lleva la orina hasta la vejiga, el problema no es de “falta de empuje”. El problema es una obstrucción. Si detrás de ese atasco entra más líquido del que puede salir, lo que aumenta no es la eficacia del cuerpo, sino la presión. Y con la presión, llega lo conocido por quien ha pasado por ahí: el dolor feroz, el espasmo, la sensación de que algo se ha roto por dentro aunque no se haya roto nada.
El mensaje de Borja Quiroga y por qué ha resonado tanto
Borja Quiroga no es una voz improvisada en redes ni un nombre caído del cielo por azar viral. Es médico especialista en Nefrología, doctor en Medicina, trabaja en La Princesa y mantiene una actividad divulgativa constante sobre salud renal. En su intervención más reciente, difundida a raíz de una conversación en el pódcast Comiendo con María, resumió con una claridad bastante inusual un error que lleva años circulando de boca en boca: si hay una piedra, no hay que beber agua de más con la idea de expulsarla. El mensaje ha saltado de la divulgación sanitaria a los medios generalistas porque rompe una recomendación popular que mucha gente da por buena sin pensarlo demasiado.
Y tiene lógica que haya generado ruido. La piedra en el riñón está rodeada de consejos heredados, de recetas caseras, de sentencias que suenan médicas sin serlo. Una de las más repetidas es esa: “bebe mucha agua y saldrá”. Funciona bien en una conversación rápida porque es sencilla, tranquilizadora y encaja con una visión casi mecánica del cuerpo humano. Más agua, más arrastre; más arrastre, menos problema. El inconveniente es que el riñón no es una manguera y el aparato urinario no responde a ese razonamiento tan lineal. Cuando ya existe obstrucción, el cálculo no desaparece por inundación.
La imagen que ha utilizado Quiroga para explicarlo es bastante gráfica. Si la vía de salida tiene un stop, meter más agua detrás no elimina el stop. Aumenta la presión sobre la zona bloqueada, distiende más el uréter y agrava el malestar. Esa explicación, que suena casi doméstica, está muy alineada con lo que llevan años sosteniendo las guías clínicas: el aumento de líquidos no acelera la expulsión del cálculo en el episodio agudo, mientras que el tratamiento se ordena alrededor de analgesia, control de complicaciones, localización de la piedra y valoración de su tamaño. Ahí está la diferencia entre un consejo útil y un eslogan que se ha quedado viejo.
Qué ocurre de verdad cuando aparece una piedra renal
Una piedra renal, o cálculo, no es otra cosa que un material sólido formado por cristales que se agrupan dentro del aparato urinario. La mayoría son de calcio, sobre todo de oxalato cálcico, aunque también existen cálculos de ácido úrico, de estruvita o de cistina. Se forman cuando la orina se concentra demasiado y ciertas sustancias dejan de mantenerse disueltas. En lugar de irse sin más, cristalizan. Primero es casi polvo microscópico. Luego, a veces, un grano. Y otras, una piedra con todas las letras.
No siempre dan síntomas. Muchas piedras pueden pasar desapercibidas mientras permanecen en el riñón sin bloquear la salida. El problema empieza cuando se mueven. En cuanto el cálculo entra en el uréter, el conducto estrecho que conecta el riñón con la vejiga, el margen se acaba. Si la piedra se atasca, la orina no fluye bien, el sistema urinario se distiende y aparece el cólico renal. El dolor, en esos casos, no es un simple aviso. Es la expresión física de la obstrucción, del espasmo del uréter y de la presión acumulada.
Ahí es donde la advertencia de Quiroga encaja con toda su fuerza. Cuando el riñón está dilatado porque la salida está taponada, beber más con el objetivo de “empujar” puede añadir una carga extra a un trayecto ya comprometido. No porque el agua sea dañina en sí, sino porque no puede resolver el obstáculo físico. El cuerpo sigue produciendo orina, la piedra sigue bloqueando, y el resultado puede ser más distensión, más sensación de presión y más dolor. La escena, dicho en términos menos finos, se parece más a una puerta que no abre aunque se empuje desde detrás que a una mancha que se limpia con abundante agua.
El cólico renal, ese dolor que no necesita exageración
Quien ha sufrido un cólico renal suele describirlo sin demasiados adornos porque no hacen falta. Es un dolor intenso, brusco, a menudo en oleadas, que suele empezar en el costado o en la espalda baja y puede bajar hacia el abdomen inferior, la ingle o incluso los genitales. No siempre se queda quieto en un sitio. Se mueve, late, aprieta, vuelve. A veces obliga a incorporarse, a caminar, a no encontrar postura. Ese detalle es muy característico: no es un dolor que invite a quedarse inmóvil, sino a buscar una salida física que no existe.
Junto al dolor pueden aparecer náuseas, vómitos, escozor al orinar, aumento de la frecuencia urinaria y sangre en la orina. Esa sangre no siempre tiñe la orina de rojo intenso; en ocasiones apenas la enturbia o solo se detecta en análisis. También puede haber sensación de urgencia urinaria si la piedra está más cerca de la vejiga. El cuadro cambia según la localización del cálculo, su tamaño y el grado de obstrucción, pero la base es la misma: el cuerpo intenta seguir con una circulación urinaria normal mientras algo se ha quedado atravesado en medio.
En ese contexto, la primera necesidad médica no es “hacer que salga cuanto antes” a cualquier precio, sino controlar el dolor y comprobar qué está ocurriendo. Las guías actuales sitúan a los antiinflamatorios no esteroideos entre los tratamientos de primera línea para el cólico renal, con alternativas como el paracetamol intravenoso o los opioides cuando el caso lo exige. No es casual. La fase aguda se maneja como un problema de obstrucción dolorosa, no como una carrera entre botellas de agua y paciencia doméstica. Eso es justo lo que subraya Quiroga cuando insiste en que hay que tratar el dolor, no alimentar el mito de la sobrehidratación salvadora.
Cuando la piedra puede complicarse de verdad
No todas las piedras son iguales ni todos los cólicos se resuelven con la misma facilidad. Hay situaciones que cambian por completo el tono del episodio. La más delicada es la infección asociada a la obstrucción. Si aparece fiebre, escalofríos, mal estado general o signos de sepsis, la piedra deja de ser solo una urgencia dolorosa y pasa a ser una urgencia urológica mayor. Con el sistema urinario bloqueado, una infección puede progresar con rapidez y exigir drenaje urgente, ya sea mediante stent ureteral o nefrostomía.
También preocupan especialmente los casos con riñón único, con obstrucción bilateral, con disminución importante de la orina, con dolor que no cede pese a la medicación o con vómitos persistentes que impiden una hidratación razonable y el uso correcto de fármacos. Ahí ya no cabe esa vieja escena de esperar en casa mientras se fuerza el agua y se aprietan los dientes. La piedra puede dañar la función renal si la obstrucción se mantiene, y ese es precisamente uno de los motivos por los que el discurso simplista del “bebe más y aguanta” se ha quedado corto. Muy corto.
El tamaño de la piedra cambia el guion
En la evolución de una litiasis renal manda mucho el tamaño. Las piedras pequeñas tienen más posibilidades de salir solas, sobre todo si ya están en la parte distal del uréter, más cerca de la vejiga. Las de 4 milímetros o menos suelen tener una probabilidad alta de expulsión espontánea. A partir de 5 o 6 milímetros, el panorama cambia. Por encima de 7 milímetros, la salida espontánea es bastante menos probable, y cuando el cálculo supera los 10 milímetros la necesidad de intervención se vuelve frecuente.
Ese matiz importa porque desmonta otra fantasía habitual: pensar que todas las piedras van a salir por sí solas, tarde o temprano, solo con paciencia. No. Algunas sí. Otras no. La localización también pesa: una piedra situada más abajo tiene más opciones que otra que siga más cerca del riñón. Por eso, cuando se confirma un cálculo, el manejo no puede reducirse a una consigna genérica. Hay que saber dónde está, cuánto mide y qué síntomas está provocando. El cuerpo humano admite muchas metáforas, pero aquí mandan los milímetros.
En determinados casos, sobre todo en piedras ureterales distales menores de 10 milímetros, se emplea lo que se conoce como terapia expulsiva médica, con fármacos como la tamsulosina, un alfa bloqueante que puede favorecer la relajación del uréter y facilitar la expulsión en pacientes seleccionados. No es magia ni funciona igual en todos los casos. Tampoco sustituye al control clínico. Pero sí deja una enseñanza importante: si hace falta ayudar a la piedra a salir, la ayuda médica eficaz no consiste en beber desmesuradamente, sino en un enfoque mucho más preciso y más sensato.
De la litotricia al ureteroscopio
Cuando la piedra no sale, el dolor persiste, el tamaño complica la evolución o aparecen riesgos añadidos, entran en juego los tratamientos urológicos. La litotricia extracorpórea por ondas de choque puede fragmentar determinados cálculos para facilitar su eliminación. La ureteroscopia permite entrar por la vía urinaria y actuar directamente sobre la piedra. En los cálculos renales grandes o complejos se valoran técnicas como la nefrolitotomía percutánea, que ya pertenece a otro nivel de intervención. Nada de esto es anecdótico. Explica por qué la litiasis renal no se maneja a golpe de costumbre popular, sino con una combinación de diagnóstico por imagen, analgesia y estrategia terapéutica.
En adultos con sospecha de cólico renal, la tendencia de las guías es clara: confirmar el diagnóstico con imagen de forma temprana, generalmente con TAC sin contraste de baja dosis en las primeras 24 horas, reservando la ecografía para determinados supuestos, como el embarazo o algunos contextos específicos. Esa rapidez no responde al gusto burocrático por pedir pruebas, sino a una razón muy concreta: la piedra puede parecer obvia por los síntomas y no serlo; y puede parecer “pequeña cosa” y esconder una obstrucción seria. La imagen ordena el caso. Le quita ruido.
La prevención sigue pasando por el agua, pero no solo por el agua
Aquí llega el punto donde más fácil es confundirse. La noticia no invalida la hidratación como medida preventiva. Al contrario. Una vez pasada la crisis —o para evitar que llegue—, beber suficiente agua sigue siendo una de las recomendaciones más sólidas en la prevención de nuevas piedras. El objetivo habitual es mantener una orina abundante y menos concentrada, algo que suele traducirse en consumos aproximados de 2,5 a 3 litros de líquidos al día o en producir alrededor de 2,5 litros de orina diaria en personas con tendencia a formar cálculos. Ese mensaje no solo sigue en pie, sino que continúa siendo central.
El problema es que mucha gente convierte una pauta de prevención a medio y largo plazo en un remedio urgente para un episodio ya declarado. Y no son lo mismo. Antes de que aparezca la piedra, el agua ayuda a que ciertas sustancias no cristalicen con tanta facilidad. Después, cuando el cálculo ya está atravesado en el uréter, la fisiología cambia por completo. Lo que antes protegía, en ese momento no resuelve. Esa es la frontera que ha señalado Quiroga con precisión, sin dramatismos y sin caer en la tentación de convertir una media verdad en un titular absoluto.
La prevención, además, no se agota en beber agua. También pesa mucho la sal. Una dieta alta en sodio favorece que el riñón elimine más calcio por la orina, y eso puede aumentar el riesgo de cálculos. La proteína animal en exceso también juega su papel, igual que el sobrepeso, la obesidad y ciertos hábitos dietéticos mantenidos en el tiempo. Y aquí aparece un dato que suele desconcertar: mantener un aporte normal de calcio en la dieta no suele ser un error; en muchos casos, retirarlo sin criterio puede ser contraproducente. El calcio dietético ayuda a unir oxalato en el intestino y a reducir su absorción. Otra vez lo mismo: en salud renal, los atajos simplistas suelen terminar chocando con la realidad.
Por qué el mito del agua se resiste a morir
Se resiste porque tiene algo seductor. Es barato, es fácil, da sensación de control y parece inofensivo. En un dolor tan agresivo como el del cólico renal, la idea de hacer algo inmediato tranquiliza. Levantarse, llenar un vaso, luego otro, luego una botella. Parece un gesto activo frente al sufrimiento. Pero no todo gesto activo es útil, y en medicina esa diferencia importa muchísimo. La litiasis renal está llena de consejos que mezclan prevención, intuición y experiencias personales hasta formar una especie de folclore sanitario. Algunos tienen una base real. Otros, como este, necesitan matiz.
Además, las piedras renales son muy frecuentes. Alrededor de una de cada diez personas sufrirá un episodio litiásico a lo largo de su vida, y la tasa de recurrencia no es menor. Quien ha tenido una piedra tiene bastantes posibilidades de repetir, sobre todo si no se corrigen factores de riesgo y no se investiga la causa cuando toca. Esa frecuencia alimenta el mercado del consejo casero. Siempre hay alguien que “conoce a otro” que expulsó una piedra bebiendo muchísimo. El problema es que la anécdota se convierte en norma, y la norma, repetida mil veces, acaba pareciendo evidencia.
Borja Quiroga irrumpe ahí con algo muy poco vistoso pero bastante necesario: una corrección clínica. No propone una dieta extravagante, no inventa un superalimento, no promete curaciones rápidas. Dice que no se haga algo que mucha gente cree correcto y que no lo es en ese contexto. Esa sobriedad, precisamente por sobria, resulta valiosa. En tiempos de consejos hinchados y frases perfectas para vídeo corto, recordar que una obstrucción se maneja como una obstrucción casi suena revolucionario. Y no lo es. Es medicina básica bien explicada.
Lo que deja esta advertencia sobre la mesa
La noticia sirve para ordenar varias ideas que hasta ahora iban mezcladas. Primera: el agua es fundamental para prevenir la formación de piedras renales. Segunda: cuando el cálculo ya está obstruyendo y duele, beber más no lo expulsa antes. Tercera: el episodio agudo exige pensar en analgesia, diagnóstico por imagen, tamaño de la piedra, localización y signos de alarma. Cuarta: si hay fiebre, dolor insoportable, vómitos persistentes, dificultad importante para orinar o sospecha de infección, la escena cambia y puede requerir atención urgente. Dicho así parece obvio. En la práctica diaria no siempre lo es.
También deja otra cosa, menos visible pero importante. La divulgación médica rigurosa sigue teniendo hueco cuando se atreve a contrariar una creencia instalada. Quiroga lo ha hecho con una frase breve y contundente que no rehúye el titular, pero detrás del titular hay una base muy concreta: no confundir prevención con tratamiento, no convertir una idea útil en una consigna fuera de contexto, no tratar al riñón como si fuera una tubería cualquiera. Ese matiz, tan pequeño en apariencia, cambia mucho.
Al final, la piedra renal sigue siendo lo que siempre ha sido: una patología frecuente, dolorosa, a veces aparatosa y casi siempre mal resumida en la conversación común. La aportación de esta noticia está en sacar del medio un error muy extendido. No se trata de beber menos, sino de no beber de más con la idea equivocada. No se trata de negar la hidratación, sino de colocarla donde corresponde. Y sobre todo, no se trata de esperar heroicamente con una botella en la mano mientras el uréter protesta. Se trata de entender qué está pasando dentro del cuerpo y actuar con criterio.
Agua para prevenir, calma para tratar
La frase de Borja Quiroga ha tenido recorrido porque desmonta una costumbre incrustada en el imaginario popular: confundir la prevención de las piedras renales con su manejo en plena crisis. Una cosa es proteger el riñón a diario con una hidratación suficiente, menos sal y mejores hábitos; otra, muy distinta, es intentar resolver una obstrucción con más agua cuando el cálculo ya está clavado en el uréter. Ahí no manda el mito, manda la física del cuerpo. Y esa física es tozuda.
Por eso el mensaje final, bien entendido, no va contra el agua. Va contra el uso incorrecto del agua. Contra esa idea tan extendida de que, si algo tapa, basta con empujar más fuerte. En las piedras renales no funciona así. Cuando el cólico ha empezado, lo prioritario es aliviar el dolor, valorar la gravedad y decidir si toca esperar, medicar o intervenir. Lo demás —esa vieja liturgia de beber compulsivamente— suena a remedio de siempre, pero ya no aguanta una explicación médica seria. Y por una vez, conviene hacer caso a la parte menos intuitiva. Suele ser la más exacta.

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